Asia vía Concordia

DESCUBRIENDO LA RUTA DEL ARROZ

Por Carlos Rodríguez

LA COCINERA ESTADOUNIDENSE, DE ASCENDENCIA FILIPINA, CHRISTINA SUNAE LLEGÓ ESPECIALMENTE A CONCORDIA PARA UNA PERFORMANCE DE COMIDA ASIÁTICA ANTOLÓGICA. LA VISITA INCLUYÓ UNA RECORRIDA POR EL ESTABLECIMIENTO DE LA ARROCERA ‘DOS HERMANOS’, DONDE TAMBIÉN ESTUVO ‘EN AGENDA’.

Hace 12 años Christina Sunae llegó a Argentina escapando del bullicio de la New York del 2005 en que se sucedían sus días. Sabía que venía aquí con su bagaje multicultural a hacer lo mismo que siempre hizo por placer y trabajo: cocinar.

Lo que no sabía es que ‘el amigo de su amigo neoyorquino’ que le haría el favor de buscarla en Ezeiza, una vez arribado su avión, se transformaría en 15 días en el amor de su vida. Hoy son pareja, socios gastronómicos y tienen dos hijos. De película.

Aquella Christina –hija de una filipina y un mecánico de aviones norteamericano–, nacida en Estados Unidos, es la misma que ahora recorre los inmensos arrozales que la firma ‘Dos Hermanos’ posee en el establecimiento ‘Monte Grande’, ubicado en la comarca entrerriana de Los Conquistadores.

El ingeniero Carlos Ortowski y Marcelo Agosti, propietario de DH, son los guías del reducido grupo, en el que también se encuentra este cronista. Recorremos campos de variedades como Largo Fino, Gurí, Yeruá o Carnaroli. En todos, el concepto es el mismo: la calidad presente desde el comienzo al fin del proceso.

También se encuentran presentes otros cocineros, como Fernando Mayoral, Eduardo Avío y Paula Naón, quienes vienen de concretar junto a la invitada especial una tremenda sesión de comida asiática la noche anterior, en el restaurante Estrada 123.

Volvemos al casco de la estancia. Atrás quedó el almuerzo que incluyó cordero a las brasas y frutas de estación. Todo comienza a prepararse para el glorioso momento de ver en acción a la Sunae.

Cierto aire místico se respira en el lugar, en que el verde y la inmensidad lo invaden todo.

Christina comienza por cocinar con calor una hoja enorme de banano que luego terminará envolviendo un mix de sensaciones. Hipnotiza el manejo del cuchillo. Con habilidad samurái cubetea un mango que combinará más tarde con algún condimento específico. Basta su mirada para moldear un blend de arroz que abraza la variedad koshihikari –especial para sushi- que recibirá en su amor níveo al desmenuzado de pollo de campo. Todo finaliza con un aplauso que acompaña el polvo de krill picante que desciende frágilmente hasta posarse en el plato terminado.

La lluvia acompañó desde temprano. Con coordinación zen, se detuvo para la recorrida y para que la invitada cocine.

La noche le gana a la tardecita y hacemos ruta rumbo a Concordia. La luz del atardecer, inesperadamente hermosa, como escapada de un cuadro de Monet, acompaña el camino mientras la trompeta de Miles Davis se turna con el rock panorámico de Jack White y la poesía concreta de Café Tacuba (coreado sabiamente por Edu). ‘Ves? Tenías que volver en este auto’, dice sonriendo Paula, mientras un doble arco iris enmarca el horizonte. Eso también es de película.