Poesía, música e identidad: crónica del nuevo paso porteño de Richard Bona

Txt: Carlos Rodríguez
Foto: Laura Tenenbaum

Es 2006 en Montevideo. Estoy sentado al medio de la primera fila del Teatro Solís. Me sé por fonética la mayoría de las canciones. El mismo Bona me lo dirá después, en un coqueto cóctel que la Embajada Francesa ofrecerá en el foyer, al tiempo que me choca puño con puño y larga una carcajada. ‘Como los Power Rangers!’, dice. Y se pierde en un mar de flashes y abrazos de fans iniciáticos.

Es 2007 en Buenos Aires y vuelvo a verlo en una noche de calor aplastante. Es 2016 y reincido con la ciudad bloqueada por cortes y la primera marcha masiva del movimiento ‘Ni una menos’.

Es esta noche de llovizna molesta de septiembre de 2018 y converso en el hall del Teatro Coliseo con Eduardo Canzobre, acerca de discos de vinilo de Piazzolla y Troilo. Todavía no me recupero de lo que vi antes. Es más, difícilmente se borre de mi memoria la expresión desdentada ‘mate cocido’.

Algunas cuadras atrás me bajé del 146 y progreso raudo por calle Libertad protegido por el paraguas rojo de Constanza. Voy llegando a la plaza que queda frente al Coliseo y veo una cola de una cuadra de gente por una de las adyacencias. Entre mi vista cascoteada por el día largo y las gotitas que pueblan los cristales de mis lentes, creo imaginar que esa multitud aguarda para entrar al show.

Cuando me acerco y empiezo a hacer foco, veo que en realidad la cola es para recibir un plato de comida. Allá en la esquina hay un gacebo con una cocina de campaña y están dando una bandeja de guiso, un pan y una bebida caliente por persona.

Todos esperan bajo la llovizna, algunos tienen un nylon que los guarece al menos del agua. Algo es algo, pienso.

Cuando paso pegado al gacebo, veo los rostros de quienes sirven, con miradas que migran del estupor a la contemplación resignada. Un veterano, curtido por la calle y el tiempo les pregunta con esa morosidad dental del que nada tiene: ‘Habrá otro poco de mate cocido?’.

Ese que va caminando, observando todo eso también soy yo.

Ahora escribo acostado y tibio, en la casa de mi amiga Josefina, que nos hospedó en Almagro. No bajo a tierra aún. Vengo de tener otro ratito a solas con Richard Bona, tras su intercambio de fotos y gentilezas con Luis Salinas y David Lebón, en camarines del Teatro Coliseo.

Antes de comenzar el espectáculo, le envié un mensaje a mi amigo Carlos Pulidori, contándole que estaba sentado en la misma fila que Lebón y Salinas. Me contestó: ‘Yo estoy al lado del Enzo y de Castaño’. Capo.

No es sorpresa que cualquier show de Bona es descalabrante. Y la clave pasa porque la idea es eternamente nueva. La música bajó de los árboles de su Minta natal, allá en el Camerún primal y lo persigue desde entonces.

Es la idea seductora de mover la cadera con el swing de un folklore imaginario en la platea de un teatro de clase mundial emplazado en medio de Buenos Aires, ese paraíso artificial e intenso que te besa y te repele.

El quinteto de Richard Bona para esta gira mundial que ya lo paseó por Japón, Francia, Estados Unidos y Brasil le hace honor a ese desprejuicio territorial. Sus músicos son de diversos países (el trompetista es cubano, el guitarrista italiano y el tecladista y baterista franceses) y funcionan como una tormenta perfecta que nuclea lo cosmopolita del jazz first class, con el funk en estado de ebullición y la fusión como password ante cualquier vericueto sonoro.

Hay homenaje musical a Pastorius, silbatina para Trump y elogio dialéctico para Maradona (de hecho, confía a la multitud que agotó las entradas de la primera parada del ciclo Jazz Nights, que le gustaría llamarse ‘Mara-Bona’ en una próxima vida terrestre). Campeón mundial.

Hago memoria mientras las gotitas, caprichosas, juegan a caer en clave percusiva, sobre cuándo fue la primera vez que lo oí. Y ahí estoy. Es 2002 y ‘Reverence’, su disco debut suena en el equipito Noblex del living de la casa de mis viejos.

Oigo aquella rareza, leo e investigo durante semanas sobre ese tipo nacido en Camerún, trato de seguir las letras que terminaré aprendiendo por fonética. Es verano y en Concordia. Ese también soy yo.