miércoles 28 de julio de 2021 - Edición Nº966

Opinión | 28 jun 2021

Por Nano Arrarás

Vamos a llenar el mundo de glitter


Por: Nano Arrarás

Uno, dos, tres, cuatro. Uno, dos, tres, cuatro. Era lo que llegaba a contar mi cabeza todas las noches. Trataba de no pensar, de quedarme en blanco y poder dormir. Tenía quince años, en mi mente retumbaba una frase de mi novia de ese momento: “te quiero, pero tenes que ser más hombre”.

Contaba hasta cuatro porque volvía esa frase y arruinaba todo, volvía a maquinar una y mil veces más. Así me pasaba la noche desvelado y llorando. Preguntándome, “¿por qué tienen que bancarse ellxs todo eso?” “¿por qué no soy normal?”. Lo cierto es que la respuesta estaba ahí, no eran ellxs quienes se tenían que bancar algo, día a día yo estaba bancandome la presión social de no ser lo que la misma quería de mí.

¿Qué me hacía ser más hombre? En ese momento creía que ese requisito no lo estaba cumpliendo, entonces puse en práctica diferentes cosas: me miraba al espejo y trataba de mejorar mi postura, mi andar, imponía una voz grave y evitaba gesticular tanto. Lo cierto, que al igual que todas las noches, me frustraba y volvía a contar.

No era la primera vez que alguien se dirigía a mí con ánimo de hacerme más “macho”, recuerdo que cuando tenía 8 años un tío se acercó y me dijo: “Tenes que dejar de ver esas novelas para nenas: Chiquititas, Floricienta, esas cosas. Estás dando vuelta mucho las manos y caminando como mujer”. Me generó terror, fue la primera vez que alguien de mi familia se atrevía a comentarme algo así.

Y uno, dos, tres y cuatro. Ahí estaba, intentando ser lo que ellxs querían de mí. Dejé de ver novelas, dejé de querer llegar a lo de mi prima y correr a jugar con las barbies, dejé de demostrarle cariño a mis amigxs y familiares. Recuerdo también cuando en hockey se burlaron de mí por ser tan “amanerado”, lo único que no recuerdo es que esa persona que me señaló terminó con un palazo en la cabeza.

Creo que no encontré otra alternativa, eran 20 pibes riéndose de lo que era, eso que tanto me habían pedido que no sea y yo ya no podía ocultarlo. Estuve 18 años en un closet y fui la persona más triste del mundo. Puedo decir que hoy tuve el privilegio de salir y acá me ven, escribiendo.

El trolo que era señalado en el colegio, en el club, en la familia hoy está escribiendo una nota sobre lo que le costó salir. Y sé que soy un privilegiado, que fuera de esto hay miles de pibes y pibas que la pasan el triple de mal, que no tienen la contención familiar, ni de amigxs, ni de nada.

Cuando salí del closet sentí que el mundo empezó a abrazarme, a pesar de que nunca dejó de señalar porque es algo con lo que vivimos, por más avance que exista, el planeta tierra sigue comentando sobre nuestra sexualidad. Pero también empecé a comprender que mi mundo era un poco más reducido que todo lo que pensaba, dejó de preocuparme qué pensaba mi tío, qué pensaban mis compañerxs, y empezó a importarme qué pensaba yo, qué quería, qué sentía.

Yo no elegí ser maricón, a mí me tocó serlo. Porque si a mí me dieran la oportunidad de elegir, no volvería a sufrir lo que sufrí. Y también lo que hice sufrir, porque por querer pertenecer a algo que no pertenecía le tiré la mala a muchxs compañerxs, sin importarme nada.

No existe frase más verdadera que la que dijo Jáuregui: “En una sociedad que nos educa para la vergüenza, el orgullo es una respuesta política”. A los 19 años comprendí que lo que yo soy es algo que nos ocurre a muchxs, no estaba solo, y ahí comenzaron los abrazos.

Yo creí ser la oveja negra durante muchos años, con el tiempo me fui dando cuenta que yo veía la vida en colores y ellxs no. No existe momento en que no me pregunte: ¿qué me perdí? Y lo cierto es que no solo yo perdí, sino también la sociedad se perdió tanto de mí.

Uno, dos, tres, cuatro. Pensaba que dejaba de contarlos, pero no. Hoy los cuento para calmar un poco mis latidos cuando las cosas se ponen jodidas, porque todo esto alguna consecuencia dejó en mí. Lo bueno es que dejé de ponerme todos esos disfraces para que la gente me aceptara y hoy soy lo que soy, aquello que jode e incómoda.

Me pone feliz saber que salí de ese camino oscuro que quería andar y me bifurqué para llegar a ser lo que soy. Hoy me encuentro en la escritura y en la música, porque dentro de todo eso escribo lo que nunca fui de chico, ni de adolescente.

Me imagino entrando al aula y besando a un compañero de clase que siempre me gustó. Me imagino cantando y bailando en una pijamada a la que nunca pude ir. Me imagino todo aquello que la sociedad no me permitió y que hoy si me lo permitiera o no, lo haría igual.

Por esto mismo, cada 28 de junio celebramos el orgullo porque después de esa tormenta llegó el arcoíris, logramos ser felices a pesar de las patadas que el mundo nos tiró y nos tira, porque en esa marcha todxs somos felices, pero no dejamos de ser conscientes que nuestra sexualidad e identidad sexual son parte de todo aquello que el sistema impuesto tildaba de anormal.

El orgullo molesta y va a molestar siempre, pero no nos van a parar nunca. Dentro de este texto se encuentra cada compañerx desparecido, muerto por ser gay, lesbiana, bisexual, trans, travesti, queer y todo aquello que no cumpla con la heterónoma. Acá brilla cada unx, lx que está, lx que sigue adentro del closet, lx que se fue.

La libertad y el orgullo nunca más vamos a negociarlos porque después de tanto tiempo, de tanto horror, es nuestro. Es lo más lindo que tenemos. Estuvimos tan muertos que lo único que queremos es vivir. Prometo que a cada espacio de esta sociedad que nos quiso pintar de negro para que no nos vean, lo vamos a llenar de mucho glitter.

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