sábado 30 de agosto de 2025 - Edición Nº2460

Interés | 26 sep 2021

historia

El primer debate presidencial televisado, el cambio del ángulo político para siempre

Setenta millones de espectadores ven el primer debate presidencial transmitido por televisión en la historia de EE.UU., entre los candidatos Kennedy y Nixon.


Aquel 26 de septiembre de 1960, setenta millones de espectadores se sentaron frente a sus televisores para ver a los dos candidatos a presidente de los Estados Unidos por el partido Demócrata y Republicano. Era el primer debate televisado de la historia en el que se enfrentaban dos mitos de la política del s. XX: John Fitzgerald Kennedy y Richard Nixon, que partía con la ventaja de ser el vicepresidente en ejercicio. Nixon no hizo los deberes y mostró cierto menosprecio hacia el naciente medio de comunicación. Especialmente grave fue su hidalga decisión de rechazar el maquillaje, lo que le hizo aparecer pálido ante las cámaras.

Nixon tenía experiencia en el ejecutivo —era el segundo del presidente Dwight Eisenhower— y había preparado una larga lista de logros que presentar al público. El año anterior, en el Debate de la Cocina, se había impuesto sobre el líder soviético Nikita Krushchev en la discusión de las bondades del capitalismo y las del socialismo. Creía que un contrapunto con un muchacho de buena familia de Massachussetts sería más que fácil.

Kennedy pareció trotar, ligero y sonriente, a lo largo del corredor que unía el estacionamiento y el Estudio Uno. Tenía un bronceado envidiable, tras semanas de campaña, al final del verano boreal, por todo el país. Howard K. Smith, que moderó ese primer encuentro de una serie de cuatro, tuvo la impresión de que avanzaba “como un atleta que va a recibir su corona de laureles”. Algo así sucedió: al cabo de los programas le arrebataría la presidencia, con el 49,72% del electorado, a Nixon.

El demócrata y el republicano se enfrentaron en cuatro Grandes Debates, como se los presentó al público, en 1960. Pero la memoria colectiva sólo atesoró uno, el primero.

—Supongo que se conocen —bromeó Don Hewitt, productor y director del debate.

Lo que siguió después es el origen de una tradición que ha identificado a la democracia estadounidense hasta hoy y, al mismo tiempo, una ceremonia tan ajena al presente como un cacharro de una civilización extinta que descubriera un arqueólogo. En sólo 61 años la cortesía con que se trataron los rivales es simplemente impensable; incluso Nixon, que fue el más argumentativo, concedió con naturalidad —y más de una vez— que Kennedy se preocupaba tanto por los problemas del pueblo estadounidense como él: “Nuestro desacuerdo no es sobre los objetivos, sino sobre los medios para alcanzarlos”.

Un efecto llamativo de la televisación fue que los periodistas y políticos que escucharon el debate en la radio dieron por ganador a Nixon. El Times celebró su mejor argumentación —"probablemente se llevó la mayoría de los honores"— y el senador Bob Dole, quien sería candidato republicano a la presidencia más de 30 años después, sintetizó:

—Lo escuché en la radio mientras viajaba a Lincoln, Kansas, y pensé que Nixon estaba haciéndolo muy bien. Pero entonces miré los clips, a la mañana siguiente, y... no lo vi tan bien. Kennedy era joven y articulado y... ¡lo aniquiló!

JFK también tuvo una ventaja cosmética: si bien rechazó el maquillaje en el set, una artista de su equipo personal perfeccionó la lozanía de su piel, mientras que Nixon, picado por la presunta displicencia del demócrata, también se negó a cualquier afeite: no fuera cosa que la prensa señalara que todavía no se habían inventado los metrosexuales.

Shroeder describió la actitud del equipo de Nixon como “fatalista”, mientras que el de Kennedy vigilaba hasta los menores matices de los focos sobre su traje oscuro —no gris, sin contraste con el color de las paredes, como el del republicano—, despachaba a un auxiliar a buscar una camisa extra al hotel, comparaba el largo de las medias que apenas si se verían en cámara.

Hoy aquel debate se interpreta como un punto de inflexión en la política: si antes los aspirantes al poder debían estrechar manos y besar bebés, desde ese momento debieron volverse fotogénicos. “Antes de los debates televisados, rara vez los votantes veían en persona a los candidatos. Leían acerca de ellos y veían sus fotos en los periódicos, y los escuchaban en la radio”, escribió Schroeder.

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